“Porque tuyo es el reino, y el poder, y la gloria, por todos los siglos. Amén.” —Mateo 6:13
“Porque Tuyo es el Reino.”
Estas palabras expresan el derecho y la autoridad universal de Dios sobre todas las cosas, a través de los cuales Él las ordena según Su agrado. Dios es Soberano Supremo en creación, providencia y gracia. El reina sobre el cielo y la tierra estando todas las criaturas y cosas bajo Su completo control. Las palabras “y el poder” aluden a la suficiencia infinita de Dios para ejecutar Su derecho soberano y para llevar a cabo Su voluntad en cielo y la tierra. Ya que Él es el Todopoderoso, tienen la habilidad para hacer lo que le plazca. Jamás duerme ni se adormece (Salmo 121:3, 4); nada es muy difícil para Él (Mateo 19:26); no hay quien se oponga a Su poder (Daniel 4:35). Él puede derrocar a cualquier fuerza que se le oponga a Él o a la salvación de la Iglesia, y lo hará. La frase “y la gloria” expresa la excelencia inefable: ya que es completamente Soberano sobre todo y tiene poder en la misma proporción para deshacerse de todo, Él es, por tanto, todo glorioso. La gloria de Dios es el fin de todas Sus obras y caminos, y de Su gloria Él es siempre celoso (Isaías 48:11, 12). A Él le pertenece la gloria exclusiva de ser el Contestador de la oración.
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“Porque Tuyo es el Reino, y el poder y la gloria.”
¡Qué ánimo encontramos aquí! Dos cosas en especial inspiran confianza en Dios en la oración: la comprensión que Él está dispuesto y que Él es capaz. Ambas cosas están sugeridas aquí. El hecho que Dios nos invita, a través de Cristo Su Hijo, a referirnos a Él como nuestro Padre es una muestra de Su amor y un aseguramiento de Su cuidado por nosotros. Pero Dios es también el Rey de reyes, poseyendo poder infinito. Esta verdad nos asegura de Su suficiencia y garantiza Su habilidad. Como Padre, Él provee para Sus hijos; como Rey, Él defenderá a Sus súbditos. “Como el Padre se compadece de los hijos, se compadece Jehová de los que le temen” (Salmo 103:13). “Tú, oh Dios, eres mi Rey; manda salvación a Jacob” (Salmo 44:4). Es para el propio honor y gloria de Dios que manifiesta Su poder y se muestra poderoso para beneficio de los Suyos. “Y a Aquel que poderoso para hacer todas las cosas mucho más abundantemente de lo que pedimos o entendemos, según el poder que actúa en nosotros, a Él sea gloria en la iglesia en Cristo Jesús por todas las edades, por los siglos de los siglos. Amén” (Efesios 3:20, 21).
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“Por todos los siglos”.
Cuando marcado es el contraste entre el Reino, poder y gloria de nuestro Padre y el dominio fugaz y la gloria evanescente de los monarcas terrenales. El Ser glorioso a quien nos dirigimos en oración es “Desde el siglo y hasta el siglo… Dios” (Salmo 90:2). Cristo Jesús, en quien Él es revelado y a través de quien la oración es ofrecida, es “el mismo ayer, y hoy, y por los siglos” (Hebreos 13:8). Cuando oramos correctamente, miramos más allá del tiempo hasta la eternidad y medimos las cosas presentes por su conexión con el futuro. ¡Cuán solemnes y expresivas son las palabras por todos los siglos! Los reinos terrenales se decaen y desaparecen. El poder de las criaturas es insignificante y sólo temporal. La gloria de los seres humanos y de todas las cosas mundanas se esfuma como un sueño. Pero el Reino y el poder y la gloria de Jehová no son susceptibles ni al cambio ni al decaimiento, y no tendrán fin. Nuestra bendita esperanza es que, cuando el primer cielo y tierra dejen de existir, el Reino el poder y la gloria de Dios serán conocidos y adorados en su maravillosa realidad a través de la eternidad.
“Amén”.
Esta palabra sugiere dos cosas requeridas en la oración, a saber, un deseo ferviente y el ejercicio de la fe. Porque la palabra hebrea Amén (comúnmente traducida como “verdaderamente” o “en verdad” en el Nuevo Testamento) significa “que así sea” o “así será”. Este doble significado de súplica y expectación es claramente insinuado en el doble uso de Amén en Salmos 72:19: “Bendito su nombre glorioso para siempre, Y toda la tierra sea llena de su gloria. Amén y Amén.” Dios ha determinado que será así y toda la Iglesia expresa su deseo: “Que así sea”. Este “Amén” pertenece y se aplica a cada parte y frase de la oración: “Santificado sea Tu Nombre. Amén” –y así sucesivamente. Al pronunciar el Amén, tanto en oraciones públicas como privadas, expresamos nuestros anhelos y reafirmamos nuestra confianza en el poder y la fidelidad de Dios. Es en sí misma una petición condensada y enfática: al creer en la realidad de las promesas de Dios y descansar en la estabilidad de Su gobierno, apreciamos y reconocemos nuestra esperanza segura en una respuesta misericordiosa.
Amén.
— A.W. Pink de su libro: «Las Bienaventuranzas y la Oración del Padrenuestro», PGF, págs. 130-132.
Transcrito y adaptado por J. Alfredo Covarrubias | Teología Dogmática