LA DOXOLOGÍA DEL PADRE-NUESTRO

“Porque tuyo es el reino, y el poder, y la gloria, por todos los siglos. Amén.” —Mateo 6:13

“Porque Tuyo es el Reino.”

Estas palabras expresan el derecho y la autoridad universal de Dios sobre todas las cosas, a través de los cuales Él las ordena según Su agrado. Dios es Soberano Supremo en creación, providencia y gracia. El reina sobre el cielo y la tierra estando todas las criaturas y cosas bajo Su completo control. Las palabras “y el poder” aluden a la suficiencia infinita de Dios para ejecutar Su derecho soberano y para llevar a cabo Su voluntad en cielo y la tierra. Ya que Él es el Todopoderoso, tienen la habilidad para hacer lo que le plazca. Jamás duerme ni se adormece (Salmo 121:3, 4); nada es muy difícil para Él (Mateo 19:26); no hay quien se oponga a Su poder (Daniel 4:35). Él puede derrocar a cualquier fuerza que se le oponga a Él o a la salvación de la Iglesia, y lo hará. La frase “y la gloria” expresa la excelencia inefable: ya que es completamente Soberano sobre todo y tiene poder en la misma proporción para deshacerse de todo, Él es, por tanto, todo glorioso. La gloria de Dios es el fin de todas Sus obras y caminos, y de Su gloria Él es siempre celoso (Isaías 48:11, 12). A Él le pertenece la gloria exclusiva de ser el Contestador de la oración.

[…]

“Porque Tuyo es el Reino, y el poder y la gloria.”

¡Qué ánimo encontramos aquí! Dos cosas en especial inspiran confianza en Dios en la oración: la comprensión que Él está dispuesto y que Él es capaz. Ambas cosas están sugeridas aquí. El hecho que Dios nos invita, a través de Cristo Su Hijo, a referirnos a Él como nuestro Padre es una muestra de Su amor y un aseguramiento de Su cuidado por nosotros. Pero Dios es también el Rey de reyes, poseyendo poder infinito. Esta verdad nos asegura de Su suficiencia y garantiza Su habilidad. Como Padre, Él provee para Sus hijos; como Rey, Él defenderá a Sus súbditos. “Como el Padre se compadece de los hijos, se compadece Jehová de los que le temen” (Salmo 103:13). “Tú, oh Dios, eres mi Rey; manda salvación a Jacob” (Salmo 44:4). Es para el propio honor y gloria de Dios  que manifiesta Su poder y se muestra poderoso para beneficio de los Suyos. “Y a Aquel que poderoso para hacer todas las cosas mucho más abundantemente de lo que pedimos o entendemos, según el poder que actúa en nosotros, a Él sea gloria en la iglesia en Cristo Jesús por todas las edades, por los siglos de los siglos. Amén” (Efesios 3:20, 21).

[…]

“Por todos los siglos”.

Cuando marcado es el contraste entre el Reino, poder y gloria de nuestro Padre y el dominio fugaz y la gloria evanescente de los monarcas terrenales. El Ser glorioso a quien nos dirigimos en oración es “Desde el siglo y hasta el siglo… Dios” (Salmo 90:2). Cristo Jesús, en quien Él es revelado y a través de quien la oración es ofrecida, es “el mismo ayer, y hoy, y por los siglos” (Hebreos 13:8). Cuando oramos correctamente, miramos más allá del tiempo hasta la eternidad y medimos las cosas presentes por su conexión con el futuro. ¡Cuán solemnes y expresivas son las palabras por todos los siglos! Los reinos terrenales se decaen y desaparecen. El poder de las criaturas es insignificante y sólo temporal. La gloria de los seres humanos y de todas las cosas mundanas se esfuma como un sueño. Pero el Reino y el poder y la gloria de Jehová no son susceptibles ni al cambio ni al decaimiento, y no tendrán fin.  Nuestra bendita esperanza es que, cuando el primer cielo y tierra dejen de existir, el Reino el poder y la gloria de Dios serán conocidos y adorados en su maravillosa realidad a través de la eternidad.

“Amén”.

Esta palabra sugiere dos cosas requeridas en la oración, a saber, un deseo ferviente y el ejercicio de la fe. Porque la palabra hebrea Amén (comúnmente traducida como “verdaderamente” o “en verdad” en el Nuevo Testamento) significa “que así sea” o “así será”. Este doble significado de súplica y expectación es claramente insinuado en el doble uso de Amén en Salmos 72:19: “Bendito su nombre glorioso para siempre, Y toda la tierra sea llena de su gloria. Amén y Amén.” Dios ha determinado que será así y toda la Iglesia expresa su deseo: “Que así sea”. Este “Amén” pertenece y se aplica a cada parte y frase de la oración: “Santificado sea Tu Nombre. Amén” –y así sucesivamente. Al pronunciar el Amén, tanto en oraciones públicas como privadas, expresamos nuestros anhelos y reafirmamos nuestra confianza en el poder y la fidelidad de Dios. Es en sí misma una petición condensada y enfática: al creer en la realidad de las promesas de Dios y descansar en la estabilidad de Su gobierno, apreciamos y reconocemos nuestra esperanza segura en una respuesta misericordiosa.

Amén.

— A.W. Pink de su libro: «Las Bienaventuranzas y la Oración del Padrenuestro», PGF, págs.  130-132.

Transcrito y adaptado por J. Alfredo Covarrubias | Teología Dogmática

LA IRA DE DIOS

¿QUÉ MERECE TODO PECADO?

La Ira y la maldición de Dios, tanto en esta vida como en la venidera.

“Apartaos de mí, malditos, al fuego eterno” (Mateo 25:41). Al haber pecado, el ser humano es como el predilecto que pierde el favor del rey y merece Su ira y la maldición de Dios. Merece la maldición de Dios (Gálatas 3:10). Tal como Cristo maldijo la higuera y esta se marchitó, así también, cuando Dios maldice a alguien, el alma de este se marchita (Mateo 21:19). La maldición lo destruye todo a su paso. También es merecedor de la ira de Dios, que no es sino la ejecución de Su maldición.

¿QUÉ ES LO QUE HACE TERRIBLE A LA IRA DE DIOS?

I. La Ira de Dios es privativa.

Esto es, nos priva de la sonrisa del rostro de Dios, ya es suficiente quedar privados de Su presencia: en cuya “presencia hay plenitud de gozo” (Salmo 16:11). Su semblante sonriente tiene un esplendor y una belleza que extasía a los ángeles en deleite. Este es el diamante del anillo de la gloria. ¡Si para Absalón supuso una desdicha tan grande no ver el rostro del rey, qué no será para los malvados quedar privados de observar el hermoso rostro de Dios!, quedar privados de la visión de Dios es el mayor de los castigos.

II. La Ira de Dios es constante.

El infierno es una morada, pero no un lugar de descanso; no se descansa un solo minuto. El dolor físico entiende de remisión. Si se trata de una piedra de riñón o de un cólico, el paciente disfruta de algunos momentos de alivio; pero los tormentos de los condenados son constantes. Quien experimenta la ira de Dios jamás dice: “siento alivio”.

III. La Ira de Dios es eterna.

Así lo dice el texto: “Fuego eterno” (cf. Mateo 25:41). No hay lágrimas que puedan apagar la llama de la ira de Dios; no, ni aun cuando pudiéramos derramar ríos de ellas. Aguardamos un fin para todos los dolores de esta vida; el sufrimiento no perdura; muere el atormentador o el atormentado; pero la ira de Dios consume perpetuamente al pecador. El horror del fuego natural es que consume lo que quema, pero lo que hace que el fuego de la ira de Dios sea tan terrible es que no consume lo que quema. Quienes se pierden morirán de tal forma que seguirán siempre vivos. El pecador estará en el horno para siempre. Tras innumerables millones de años,  la ira de Dios estará tan lejos de acabar como al principio. Si toda la tierra y el mar fueran arena, y cada mil años un pájaro se llevara un grano, pasaría largo tiempo hasta que la inmensa montaña de arena desapareciera; pero si, tras todo ese tiempo, los condenados pudieran salir del infierno, habría esperanza. El término “eterno” quebranta el corazón.

IV. La Ira de Dios es justa.

La palabra griega traducida como venganza significa justicia. Los malvados beberán un mar de ira, pero ni una sola gota de injusticia. Es justo que se restituya el honor de Dios, ¿y cómo lo hará sino castigando a los transgresores? Quien infringe las leyes reales merece el castigo. La misericordia responde al favor, mientras que el castigo al mérito: “Nuestra es la confusión de rostro” (Daniel 9:8). La ira es lo que nos corresponde a los pecadores; lo merecemos tanto como cualquier salario que recibamos.

¿QUÉ HAREMOS PARA EVITAR LA IRA VENIDERA Y ESCAPAR DE ELLA?

Ser partícipes de Jesucristo.

Cristo es la única pantalla que se interpone entre nosotros y la ira de Dios; sufrió Su ira para que todos los que crean en Él no tengan que soportarla jamás: “Jesús, quien nos libra de la ira venidera” (1 Tesalonicenses 1:10). El horno ardiente de Nabucodonosor era símbolo de la ira de Dios, y ese horno no tocó las vestimentas de los tres muchachos, “ni siquiera el olor de fuego tenían” (Daniel 3:27). Jesucristo entró en el horno de la ira de Su Padre, y el olor del fuego del Infierno jamás impregnará a quienes crean en Él.

 Permítaseme exhortar al que tenga esperanza fundada de que no sufrirá esta ira que merecía a mostrarse extremadamente agradecido a Dios, que entregó a Su Hijo para salvarlo de esta tremenda ira. Jesús te ha librado de la ira venidera. El Cordero de Dios se abrasó por ti en el fuego de la ira de Dios. Cristo sintió la ira que no merecía para que pudieras escapar de la ira que merecías.  Observa Plinio que nada apaga el fuego de manera más eficaz que la sangre. La sangre de Cristo ha apagado el fuego de la ira de Dios por ti. “Hijo mío, sea sobre mí tu maldición”, dijo Rebeca a Jacob (Génesis 27:13). Y lo mismo dijo Cristo a la justicia de Dios: “Sea sobre mí la maldición para que los elegidos hereden la bendición”. Seamos pacientes bajo todas las aflicciones que soportemos. La aflicción es dolorosa, pero no es la ira, no es el Infierno. ¿Quién no bebería voluntariamente de la copa de la aflicción sabiendo que jamás beberá de la copa de la condenación? ¿Quién no estaría dispuesto a soportar la ira del hombre sabiendo que jamás sentirá la ira de Dios?

Cristiano, aunque sientas la vara, jamás sentirás el hacha sangrienta. Dijo Agustín una vez: “Golpea, Señor, donde desees si el pecado queda perdonado”. Así, digamos igualmente: “Aflígeme, Señor, como desees en esta vida, puesto que escaparé  a la ira venidera”.

— Thomas Watson, de su libro: “Los Diez Mandamientos” | La Ley y el Pecado.

| Transcrito y adaptado por J. Alfredo Covarrubias | Teología Dogmática

EL MISTERIO DE CRISTO EN LA FE DE LOS PADRES DE LA IGLESIA

El misterio de la Encarnación de Hijo de Dios configura al Cristianismo de tal manera  que lo sitúa muy por encima de todas las constantes religiones que la historia de los pueblos ha podido descubrir y analizar.

Ante el misterio de fe del Verbo Encarnado el creyente debe, ante todo, guardar un silencio reverente y cultivar en su espíritu la capacidad de admiración. Las palabras humanas resultan, en efecto, poco adecuadas para expresar estas verdades sobrenaturales. San  Basilio (329-379), al iniciar una homilía sobre la Encarnación, pone de manifiesto cuánto le cuesta hablar acerca de un tema tan excelso:

“siempre me detuvo –dice– la grandeza del asunto y mi propia insuficiencia. (…) Mis labios no han sido purificados como los de Isaías.” (PG 85,443)

En los Padres de la Iglesia hallamos singulares muestras de este profundo respeto por los misterios de la fe. Por eso son ellos nuestros mejores guías para llevarnos hacia el conocimiento del misterio de Jesucristo. Teniendo en cuenta que nadie puede ir a Cristo si no lo trae el Padre que lo ha enviado (cf. Juan 6:44), es preciso que nos acerquemos a Jesús con espíritu humilde y con piedad sincera, y nunca con el afán pretencioso de escrutar irreverentemente el misterio más inefable y la novedad más sorprendente que ha sido acontecido desde el comienzo de los siglos y que ha transformado maravillosamente la Historia.

En los escritos de aquellos que son nuestros Padres en la fe hallaremos magníficos testimonios y valiosas normas espirituales para aproximarnos a Jesucristo, el único Salvador que “por nosotros los hombres y por nuestra salvación bajó del cielo y, por obra de Espíritu Santo, se encarnó de María la Virgen y se hizo hombre”.

Haciendo un breve recorrido por las enseñanzas cristológicas de la antigüedad cristiana, podemos observar que ya los Padres apostólicos, siguiendo los escritos del Nuevo Testamento,  consideran a Cristo como el Hijo de Dios, el Verbo Encarnado, y se oponen a toda especie de reducción proveniente de ambientes judaicos o de la variadísima gama de corrientes gnósticas.  A continuación se presentan algunos pensamientos cristológicos de los Padres.

Ignacio de Antioquia (35-108), escribiendo a los fieles de Esmirna les dice:

“Glorifico a Jesucristo, Dios, que os ha concedido tal sabiduría. Pues he sabido que habéis alcanzado la perfección en la fe inconmovible…” (Esmirna 1,1).

Y a los magnesios les escribe:

“Jesucristo es nuestro solo Maestro, ¿cómo podemos nosotros vivir fuera de Aquel a quien los mismos profetas, discípulos suyos que eran ya en espíritu, lo esperaban como a su Maestro? (Magnesios 9,1-2).

Con Ireneo de Lyon (130-202) y otros escritores, a partir de finales del siglo II, se inicia una singular profundización en el misterio cristológico, enfrentándose especialmente a las corrientes gnósticas que intenta presentarse como portadoras de una sabiduría escondida, pero que en realidad destruyen el auténtico mensaje de la fe. Ireneo, que sin duda es el teólogo más importante de su época, hace esta acertada reflexión acerca de la generación eterna del Verbo:

“Y supuesto que esta generación es inenarrable, todos los que se afán por narrar generaciones y producciones no están en su sano juicio, por cuanto que intentan explicar cosas que son inexplicables.” (Contra la Herejías 2, 28, 6).

“Por esto, el mismo Señor nos dio una señal en las profundidades de la tierra y en lo alto de los cielos (cf. Isaías 7:11), que señal que no había pedido el hombre, porque esto no podía imaginar que una virgen concibiera y diera a luz y que el fruto del parto fuera Dios con nosotros, el cual descendiera a la profundidades de la tierra a buscar a la oveja perdida…” (Contra la Herejías, 3:19, 3)

Clemente de Alejandría (150-215), a finales del siglo II, invoca a Cristo, como la Luz del mundo y el Sol de Justicia:

“¡Salve, Luz! Desde el cielo brilló una luz sobre nosotros, que estábamos sumidos en la oscuridad y encerrados en la sombra de la muerte; luz más pura que el sol, más dulce que la vida de aquí abajo. Esa luz es la vida eterna,  y todo lo que de ella participa, vive, mientras que la noche teme a la luz y, ocultándose de miedo, deja el puesto al día del Señor. El universo se ha convertido en la luz indefectible y el occidente se ha transformado en oriente. Esto es lo que quiere decir la nueva creación: porque el Sol de Justicia atraviesa en su carroza el universo entero, recorre asimismo la humanidad, imitando a su Padre, que hace salir el sol sobre todos los hombres (cf. Mateo 5:45) y derrama el rocío de la verdad” (Protréptico 11:88, 114).

Orígenes (185-254), por su parte, enseña que la unión de las dos naturalezas en Cristo es tan singular que se produce un intercambio de atributos, de tal modo que a Cristo, aun designándolo como Dios, se le pueden aplicar apelativos humanos y viceversa:

“Al Hijo de Dios, por quien fueron creadas todas las cosas, se le llama Jesucristo e Hijo del hombre. Pues también se dice que el Hijo de Dios murió –precisamente por razón de aquella naturaleza que podía padecer muerte–. Lleva el nombre de Hijo del hombre, de quien se anuncia que vendrá en la gloria de Dios Padre con los santos ángeles. Por esto, a través de toda la Escritura, a la naturaleza divina se aplican apelativos humanos, y se distingue a la naturaleza humana con títulos que corresponden a la dignidad divina.”  (Tratado de los principios 2, 6, 3).

A comienzos del siglo IV la herejía arriana parece sacudir los cimientos de la doctrina de la Iglesia, al desvirtuar el gran misterio de Cristo, negando en definitiva Su Divinidad. Este peligro queda superado gracias a la firme adhesión de fieles y pastores a la fe recibida de los apóstoles, y gracias también al esfuerzo de profundización y de fidelidad que llevan a cabo los grandes Padres de aquella época, tanto en oriente como en occidente, quienes enseñan que Cristo es Verdadero Dios y Verdadero Hombre.

Atanasio de Alejandría (296-373), afirma:

“El Verbo no sufrió menoscabo al recibir el cuerpo, para que tratase de alcanzar gracia. (…) Porque, así como fue siempre adorado por ser el Verbo y por subsistir en la forma de Dios, así también, siendo Él mismo, hecho hombre y de nombre Jesús, tiene bajo sus pies a la creación entera, que hinca sus rodillas ante Él  en su Nombre y confiesan que la encarnación y la muerte, según la carne, del Verbo no han redundado en deshonor de su Divinidad, sino en gloria del Padre.” (Discurso contra los arrianos 1,42).

La profundización en los misterios cristológicos continúa a través de todo el siglo V y exige un gran esfuerzo a fin de que no se produzcan desviaciones hacia uno u otro lado del planteamiento acertado. La Iglesia consigue establecer un cuerpo de doctrina ortodoxa, definido en los Concilios, como Nicea (325), Nicea-Constantinopolitano (381), Éfeso (431), Calcedonia (451), etc, y mantenido con fidelidad a través de los tiempos. Andrés de Creta (650-740), en una composición conocida como versos yámbicos, expresa el gozo que siente la Iglesia en esta profesión de fe, que es garantía de perseverancia en el bien obrar:

“La encarnación de Cristo es como el sol, que penetra e ilumina las almas, las cuales ya no permanecen a oscuras por causa de las tempestades de este mundo, que las envanecen y aturden, o por efecto de la abundancia de riquezas y dotes  y cualidades que las ofuscan y pervierten. La gloriosa luz de Cristo es luz que de verdad ilumina.”

Para finalizar, este breve recorrido sobre la cristología en algunos Padres de la Iglesia, veamos los que nos dice Gregorio Nacianceno (329-390) sobre el amor al hombre que impulsó a Dios a hacerse Hombre:

“El Hijo de Dios en persona, aquel que existe desde toda la eternidad, aquel que es invisible, incomprensible, incorpóreo, principio de principio, luz de luz, fuente de vida y de inmortalidad, expresión del supremo arquetipo, sello inmutable, imagen  fidelísima, palabra y pensamiento del Padre, Él mismo viene en ayuda de la criatura, que es su imagen; por amor del hombre se hace Hombre, por amor a mi alma se une a un alma intelectual, para purificar a aquellos a quienes se ha hecho semejante, asumiendo todo lo humano, excepto el pecado.” (Sermón 45, 9).

“Jesucristo en los Padres de la Iglesia” por Guillermo Pons, Textos Patrísticos, Ciudad Nueva. | Transcrito y adaptado por J. Alfredo Covarrubias en Teología Dogmática

¿TODO ES POSIBLE PARA DIOS?

“Entonces Jesús, mirándolos, dijo: Para los hombres es imposible, mas para Dios, no; porque todas las cosas son posibles para Dios.”

Marcos 10:27

La Omnipotencia de Dios es uno de los atributos más conocidos por los creyentes; pero uno de los más mal entendidos. Existe la disputa filosófica y teológica: si es posible que Dios pueda realizar todo, y cuando decimos todo es sin excepción, todas las cosas y posibilidades que se puedan concebir, incluso aquellas que pudieren ser contradictorias. Por ello la pregunta: ¿Todo es posible para Dios?

Para un cristiano esto no debería ser un dilema, puesto que tenemos como nuestra base el conocimiento de la Teología Propia, esto es, el estudio propio de Dios en Su Deidad, el cual no deriva primeramente de inferencias filosóficas, sino de la revelación Escrita, la fuente primaria del conocimiento de Dios, la cual es reflexionada, meditada y sistematizada para nuestra mayor comprensión. Si bien es cierto, que las proposiciones filosóficas sirven de apoyo a las construcciones teológicas; más cierto es, que la teología no puede tener puntos de choques sobre verdades que son claramente manifiestas en las Sagradas Escrituras. Existen paradojas y misterios, pero en este caso hay mucha luz como para no llegar a una respuesta. Así que, aunque Dios es Omnipotente, también es una realidad revelada, que existen cosas que Él no puede hacer, y esto no es un aspecto de confrontación, sino más bien de falta de reflexión y ponderación. Por lo que, decir que Dios es Omnipotente, pero que Él no puede hacer ciertas cosas, no es negar la verdad de la Omnipotencia Divina, sino entenderla bíblicamente, y no especulativamente.

Dicho lo anterior definamos primero esta perfección de Dios para después pasar al dilema y su resolución. ¿Qué es la Omnipotencia de Dios? Dice el Dr. Samuel Renihan: “La Omnipotencia de Dios es la potestad de Dios para hacer todo lo que Su sabiduría infinita concibe.” [1] Esta definición cuadra perfectamente con el escrito de Isaías cuando Él Señor le dijo: “Mi consejo permanecerá, y haré todo lo que quiero; que llamo desde el oriente al ave, y de tierra lejana al varón de mi consejo. Yo hablé, y lo haré venir; lo he pensado, y también lo haré.” (Isaías 46:10 y 11). Esto nos habla del Poder de Dios para realizar todo aquello que esté de acuerdo a Su Naturaleza y voluntad.  Puesto que todo aquello contradictorio o imposible de existencia, no es sujeto a ser una obra de la Omnipotencia de Dios. Es decir, todo lo que sea imposible o contradictorio a la existencia misma de las cosas, no puede por definición ser. Por ejemplo, no se puede existir y a la vez no existir en los mismos términos. Por lo que Dios no puede Ser y no Ser a la vez. Así como no puede existir un triángulo cuadrado. Así Dios no puede crear tal figura, porque simplemente no es posible. O sumar 2 + 2 y dar por resultado 5. Es contradictorio. Tampoco se puede ser hombre y a la vez un animal irracional.  Eso cae en la imposibilidad por la necesidad de las cualidades mismas de los seres o  la lógica. Por lo tanto, el hecho de que Dios no pueda causar o hacer tales cosas no proviene de una limitación en la Omnipotencia de Dios, o incluso, por falta de sabiduría, ya que Dios es el Ser más Sabio en todo el Universo, toda vez que la lógica y las matemáticas provienen de Él. Así estas imposibilidades son de las cosas en sí mismas, como se ha mencionado. Entonces, mejor deberíamos decir como dijo el teólogo Norton: “Es mejor decir que no pueden ser, que decir que Dios no puede hacerlas.” [2]

Ahora, pasemos a ver algo importante en este dilema. La Biblia nos dice que existen cosas que Dios en verdad no puede hacer. Y ¿esto acaso es una contradicción? No, en absoluto. Veamos. La Escritura nos afirma que Dios no puede pecar (Santiago 1:13), mentir (Hebreos 6:18), o negarse a Sí mismo (2 Tim. 2:13); y con todo esto, Dios sigue siendo el Todopoderoso. El Omnipotente Creador y Sustentador de Sus Creación. Pero entonces, ¿por qué Dios no puede hacer tales cosas? Precisamente porque Él es Omnipotente. Si Dios pudiere ser engañado o negarse a Sí mismo, no sería capaz de hacer Su voluntad. No pudiera cumplimentar Sus propósitos y planes que se conforman perfectamente a Su Naturaleza. Nos sigue diciendo Norton: “Dios no puede pecar, mentir, o negarse a Sí mismo, no por causa de un defecto, sino de la eminencia de Su poder y perfección absoluta que le hacen incapaz de ser tocado por una imperfección”. [3]

Así, en base a estos razonamientos, podemos verificar que el hecho de que Dios no pueda hacer ciertas cosas, no se debe a debilidades en Su Ser; sino más bien, que estas imposibilidades son contradicciones en cuanto a la conformidad de Su Naturaleza. Ya que atribuir que Dios puede hacer todo cuanto se puede hacer, sin importar si eso es malo, imposible o contradictorio; es romper con los mismos principios de la lógica y de la revelación propia de Su Ser. Pues se podría decir que aun Dios podría autodestruirse, pecar, cambiar, o dejar de Ser Dios, lo cual es imposible. Además, las Escrituras no nos dejan concebir tales posibilidades, porque afirman que Él es Omnisciente, Santo, Justo, Auto-existente (Éxodo 34:6 y 7); atributos que están en perfecta conformidad con Su Omnipotencia. Por ende, estas imposibilidades de Dios nos confirman que Él es Perfectísimo. Perfecto porque Él puede hacer todo aquello que esté de acuerdo a Su Ser. Job confirmó esta verdad al decir: “¿Llegarás tú a la perfección del Todopoderoso?” “Lejos esté de Dios la impiedad, Y del Omnipotente la iniquidad.”(Job 11:7; 34:10). En resumen, Dios no puede hacer nada impío e inicuo. Nada ilógico e incongruente. Él es Santo y Sabio. La Confesión de 1689 nos dice: “…es inmutable, inmenso, eterno, inescrutable, todopoderoso, infinito en todos los sentidos, santísimo, sapientísimo, libérrimo, absoluto; que hace todas las cosas según el consejo de su inmutable y justísima voluntad, para su propia gloria…” [4]

Hay algo más que decir para no caer en desbalance, y es el hecho que la Omnipotencia Divina está investida de la libertad y soberanía de Dios para hacer cuanto Él así lo quiera. “él hace según su voluntad en el ejército del cielo, y en los habitantes de la tierra, y no hay quien detenga su mano, y le diga: ¿Qué haces?” (Daniel 4:35). ¿Quién puede detener la mano del Señor, o frustrar Sus planes? Nadie. Ni todo el poder angelical ni el poder humano reunido para combatir al poder de Dios, podrían siquiera mover un milímetro el destino de Sus decretos Omnipotentes. No obstante, el Dr. Renihan también nos explica que es importante distinguir entre el poder absoluto de Dios y el poder ordenado de Dios. Nos dice: “El poder absoluto es poder de Dios para hacer toda cosa posible, si la hace o no. El poder ordenado de Dios es el poder de Dios para hacer todo lo que Él ha decretado o mandado en la Creación. Por ejemplo, Si Dios dice que no destruirá el mundo por diluvio, no puede hacerlo, no porque es incapaz de hacerlo, sino porque ha prometido en pacto que no lo hará y no puede negarse a Sí mismo. Esto no es limitación de Su poder, sino de Su propósito.” [5] Por ello, podemos saber que las limitaciones en Dios para realizar algo, están puestas por Él mismo como Dios Omnipotente.

En conclusión, Dios es Omnipotente, y aunque existan cosas que Él no puede hacer, estas no se derivan a una debilidad de poder hacerlas; sino a que esas cosas son imperfectas, malas y/o contradictorias en sí mismas. Y Dios quien posee la perfección absoluta, no quiere ni puede realizar obras que vayan en contra de Su propia Deidad. Por esta verdad, es necesario tener conocimiento de Sus atributos, para ver que éstos son una unidad perfecta en Su Ser. Están en completa armonía. Además, hay aplicación muy contundente para nuestra alma, pues Dios todo lo que hace, lo realiza en Omnipotente bondad, justicia, gracia y amor. Tan sólo recordemos nuestra total incapacidad de salvarnos y; por otro lado, vemos Su Omnipotente poder para salvar en la Cruz. Dios nos ha Salvado con Brazo Omnipotente en Cristo (Isaías 53:1; Romanos 1:16).

Finalmente, entendemos mejor la respuesta de Cristo a los discípulos, cuando asombrados de la imposibilidad de ser salvos por las obras humanas, preguntaron: “¿Quién, pues, podrá ser salvo?”  A lo cual Cristo respondió: “Para los hombres es imposible, mas para Dios, no; porque todas las cosas son posibles para Dios.” (Marcos 10:26 y 27). Gracias a Dios por ser Todopoderoso.

¡Alabemos al Omnipotente Dios!

“Te damos gracias, Señor Dios Todopoderoso, el que eres y que eras y que has de venir, porque has tomado tu gran poder, y has reinado.”

Apocalipsis 11:17

— J. Alfredo Covarrubias | Teología Propia | Teología Dogmática

Bibliografía:

[1] Renihan, Samuel. De Dios y Su Decreto, Kindle Direct Publishing, Cap. 4., pag. 54.

[2] Norton, John. The Orthodox Evangelist, Londres: Jon Macok, 1657.

[3] Ibem.

[4] Confesión Bautista de Fe de 1689, Cap. II, párrafo 1.

[5] Renihan, Samuel. De Dios y Su Decreto, Kindle Direct Publishing, Cap. 4., pag. 55.

Citas Bíblicas, Biblia Revisión Reina Valera 1960

EL DIOS CREADOR, NUESTRO SEÑOR Y PADRE, TIENE DERECHO A SER GLORIFICADO

“Ahora, así dice Jehová, Creador tuyo, oh Jacob, y Formador tuyo, oh Israel: No temas, porque yo te redimí; te puse nombre, mío eres tú.”

–Isaías 43:1

 “Hijo mío, no te olvides de mi ley, Y tu corazón guarde mis mandamientos;…”

–Proverbios 3:1

Citando al reformador de Ginebra dice al respecto: “Ahora resulta fácil comprender lo que hay que aprender de la Ley. Dios, que es nuestro Creador, es con todo derecho nuestro Señor y nuestro Padre; por eso debemos darle gloria, respetarlo, amarlo y temerlo. Además, no somos libres de seguir el deseo de nuestro espíritu dondequiera que nos lleve, sino que dependemos por completo de nuestro Dios y no debemos interesarnos más que en lo que le agrada. En definitiva, Dios ama la justicia y la rectitud, y detesta la iniquidad. Por eso, si no queremos que una antinatural ingratitud nos aleje de nuestro Creador, tenemos que amar la justicia y practicarla toda nuestra vida. Porque si para reverenciarle como es debido hemos de preferir Su voluntad a la nuestra, se deduce que no podemos honrarle legítimamente más que guardando la justicia, la santidad y la pureza.

El hombre no tiene la posibilidad de excusarse invocando su debilidad, como un deudor pobre que no tiene con qué pagar. No es correcto medir la gloria de Dios conforme a nuestra incapacidad, porque, seamos quienes seamos, Dios es siempre fiel a Sí mismo: amigo de la justicia, enemigo de la iniquidad. Y demande lo que demande, dado que no puede demandar nada que no sea justo, tenemos la obligación natural de obedecer, nuestra desgracia es no poder hacerlo. Porque, aunque estamos como atados por nuestro egoísmo, señal del pecado, y por tanto imposibilitados para obedecer a nuestro Padre, no podemos invocar como defensa esta imposibilidad porque el mal está en nosotros y somos responsables de él.” [1]

MEDITACIÓN

El reformador Juan Calvino nos enseña que Dios por ser el Creador, tiene el pleno derecho y autoridad de Ser el Señor (Amo y Rey) y Padre (Sustentador, Proveedor y Padre en Cristo) de todo en la Creación, de Sus criaturas que le pertenecen a Él como Señor, y de manera especial Su pueblo redimido como su Padre; por ello su argumentación es conocer que la Ley de Dios, los 10 Mandamientos, poseen el sello de la autoridad de Dios mismo para regir y demandar todo cuanto Él soberanamente demande, y nuestro deber es honrarle en esa verdad de Su Señorío y Su Paternidad; y aunque exista la imposibilidad de guardar perfectamente Su Ley, por causa de las consecuencias de la Caída; sin embargo, no hay excusa para que nadie falte a Su obediencia, aunque no perfectamente, pero sí sinceramente.

Ésta imposibilidad sólo nos comprueba del pecado y necesidad que tenemos de Su perdón y gracia; por lo que no perdemos de vista a la luz del contexto de la exposición de Calvino sobre la Ley Moral de Dios, que en Cristo encontramos la gracia y el perdón para ser salvos (Gálatas 3; Romanos 3 y 4) y además de ser capacitados por Su Espíritu para obedecer la Ley de Dios (Romanos 8), porque el cumplimiento de la Ley es el amor (Romanos 13:10).

Todos sin excepción debemos conocer a Dios como nuestro Señor, es decir, como Rey y Amo de nuestras vidas, porque si no lo sabíamos, no nos pertenecemos a nosotros mismo, sino que somos Suyos, porque Él es nuestro Creador; pero el privilegio que tienen los cristianos, es que Éste Señor, es también su Padre quien les ama, guarda y sustenta. Un Padre cercano y benevolente para con Su pueblo. Por esta razón los hijos de Dios, no obedecen Su Ley tanto por el temor al castigo; sino porque temen ofender el corazón de su Padre porque le aman. En conclusión, DIOS es el SEÑOR y el PADRE, le debemos obediencia por Su autoridad divina como Creador; y por otro lado, nos deleitamos en obedecerle porque le amamos y deseamos hacer Su voluntad como hijos Suyos aceptos en el Amado.   

J. Alfredo Covarrubias | Teología Dogmática | Meditaciones  

[1] Juan Calvino | Institución de la Religión Cristiana, Libro II, Cap. VIII. La Ley Moral, p. 282, editorial Desafío.

Jesús se hizo Maldición por nosotros

Si alguna vez hubo una obscenidad que violara las normas contemporáneas de la comunidad, fue Jesús en la cruz. Después de que El se convirtió en el chivo expiatorio y el Padre le había imputado a El todos los pecados de cada uno de Su pueblo, se exhibió la más intensa y densa concentración del mal experimentado alguna vez en este planeta. Jesús era la obscenidad final.

¿Y qué pasó? Dios es demasiado Santo para mirar al pecado. No podía soportar ver esa condensación concentrada monumental del mal, por lo que desvió la mirada de Su Hijo. La luz de Su rostro se apagó. Todas las bendiciones fueron destituidas de Su Hijo, a quien amaba, y en su lugar estaba la medida completa de la maldición divina.

Jesús Fue Abandonado

A mediodía, Él apagó las luces en la colina en las afueras de Jerusalén, de modo que cuando Su rostro se mudó, cuando la luz de Su rostro se apagó, ni siquiera el sol podría brillar en el Calvario. Llevando la completa medida de la maldición, Cristo gritó: «Eli, Eli lama sabactani», es decir, «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?» (Mateo 27:46).

Jesús aprovechó esa ocasión para identificarse con el salmista en el Salmo 22 con el fin de llamar la atención sobre aquellos que veían el espectáculo que estaban presenciando, pues era en realidad un cumplimiento de la profecía. No creo que Jesús estaba en un estado de ánimo citando a la Biblia en el momento. Su grito no era, como Albert Schweitzer, opinó, el clamor de un profeta desilusionado, que había creído que Dios iba a rescatarlo en el último momento y entonces se sintió abandonado. No sólo se sintió abandonado, sino que fue abandonado. Para que Jesús se convirtiese en la maldición, tuvo que ser abandonado por el Padre.

He estado pensando sobre estas cosas desde hace cincuenta años, y no puedo comenzar a penetrar en todo lo que significaba que Jesús fuera abandonado por Dios. Pero no hay nada de eso encontrado en los pseudo-evangelios de nuestro tiempo. Cada vez que escucho a un predicador decir a su pueblo que Dios les ama incondicionalmente, quiero pedir que el hombre sea destituido por esa violación de la Palabra de Dios. ¿Qué pagano no escuchará en esa declaración que él no tiene necesidad de arrepentimiento, para que pueda continuar en el pecado sin temor, sabiendo que se han resuelto todos? Hay un profundo sentido en el que Dios ama a la gente, incluso en su corrupción, pero todavía están bajo Su anatema.

El Evangelio –Nuestra Única Esperanza

El hecho de que un hombre es ordenado no es ninguna garantía de que él está en el reino de Dios. Las probabilidades son astronómicas que muchos todavía están bajo la maldición de Dios. Hay hombres ordenados que aún no han huido a la cruz, que aún contando con la idea nebulosa del amor incondicional de Dios para entrar o peor aún, sigue pensando que pueden entrar en el reino de Dios a través de sus buenas obras. Ellos no entienden que a menos que perfectamente obedezcan la ley de Dios, lo cual no lo han hecho durante cinco minutos desde que nacieron, están bajo la maldición de Dios. Esa es la realidad, debemos dejar claro a nuestro pueblo, ya sea que se lleven la maldición de Dios por sí mismos o huyan hacia Aquel que la llevó por ellos.

A Tomás de Aquino, una vez se le preguntó si pensaba que Jesús disfrutaba de la visión beatífica en toda su vida. Tomás dijo: “Yo no lo sé, pero estoy seguro de que nuestro Señor fue capaz de ver las cosas que nuestro pecado nos impide ver.” Recuerde que la promesa de la visión de Dios en las Bienaventuranzas es la promesa hecha a la puros de corazón. La razón por la que no podemos ver a Dios con nuestros ojos no es que tenemos un problema con el nervio óptico. Lo que nos impide ver a Dios es nuestro corazón y nuestra impureza. Pero Jesús no tenía ninguna impureza. Así que obviamente tenía algo de experiencia de la belleza del Padre hasta el momento de que nuestro pecado fue puesto sobre Él, y Él que era puro ya no era más puro, y Dios lo maldijo.

Era como si se oyese un grito desde el cielo, como si Jesús se enteró de las palabras «Dios te condenará,» porque eso es lo que significaba ser maldito y bajo el anatema del Padre. No entiendo eso, pero sé que es verdad. Sé que cada persona que no ha sido cubierto por la justicia de Cristo atrae cada respiración bajo la maldición de Dios. Si usted cree eso deje de añadir al Evangelio obras y comience a predicar con claridad y valentía, porque, queridos amigos, es la única esperanza que tenemos, y es esperanza suficiente.

— Extracto adaptado de “The Curse Motif of the Cross” por RC Sproul en Proclaiming a Cross Centered Theology. Usado con permiso de Crossway, un ministerio de publicaciones de los editores GoodNews, Wheaton, IL 60187.

CRISTO ABANDONADO

¿Sabes en realidad qué pasó en la Cruz de Cristo?

Cristo fue abandonado en la Cruz por Su Padre para que la maldición y la ira de Dios contra el pecado de Su pueblo cayeran sobre Él, y lograr así que la justicia de Dios quedara satisfecha para restablecer nuestra reconciliación con Dios y ser redimidos de nuestros pecados y condenación.

“Cerca de la hora novena, Jesús clamó a gran voz, diciendo: Elí, Elí, ¿lama sabactani? Esto es: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?”

— Mateo 27:46

Es mediodía, y Jesús ha estado en la cruz durante tres horas llenas de dolor. De repente, la oscuridad cae sobre el Calvario y “sobre toda la tierra” (v. 45). Por un acto milagroso de Dios Todopoderoso, al mediodía se convierte en medianoche.

Esta oscuridad sobrenatural es un símbolo del juicio de Dios sobre el pecado. La oscuridad física señala una oscuridad más profunda y más temible.

El gran Sumo Sacerdote entra en el Lugar Santísimo del Gólgota sin amigos o enemigos. El Hijo de Dios es el único en la cruz durante tres horas finales, soportando lo que desafía nuestra imaginación. Experimentando todo el peso de la ira de Su Padre, Jesús no puede permanecer en silencio. Él clama: “Dios mío, Dios mío, por qué me has desamparado?”

Esta frase representa el punto cúspide de los sufrimientos de Jesús. Aquí Jesús desciende a la esencia del infierno, el sufrimiento más extremo jamás experimentado. Es un momento tan compacto, tan infinito, tan horrendo que es incomprensible y, al parecer, insostenible.

El grito de Jesús de ninguna manera está disminuyendo Su Deidad. Jesús no deja de ser Dios, antes, durante o después de esto. El grito de Jesús no divide a Su naturaleza Humana de Su naturaleza Divina o destruye la Trinidad. Tampoco le separa del Espíritu Santo. El Hijo carece de los consuelos del Espíritu, pero no pierde la santidad del Espíritu. Y, por último, no le hacen renegar de Su misión. Tanto el Padre y el Hijo desde toda la eternidad sabían que Jesús se convirtió en el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo (Juan 1:29). Es impensable que el Hijo de Dios podría cuestionar lo que está sucediendo o estar perplejo cuando la presencia amorosa de Su Padre se aparte.

Jesús está expresando la agonía de súplica sin respuesta (Sal. 22:1-2). Sin respuesta, Jesús se siente olvidado de Dios. También esta expresando la agonía de presión insoportable. Es el tipo de “rugiente” que se menciona en el Salmo 22, el rugido de agonía desesperada sin rebelión. Es el grito infernal pronunciado cuando la ira de Dios sin diluir abruma el alma. Es el corazón traspasado, el cielo traspasado, y el infierno traspasado. Además, Jesús expresa la agonía del pecado sin paliativos. Todos los pecados de los elegidos, y el infierno que se merecen por toda la eternidad, se colocan sobre Él. Y Jesús está expresando la agonía de la soledad sin ayuda. En su hora de mayor necesidad viene un dolor diferente a todo lo que el Hijo ha experimentado alguna vez: el abandono de Su Padre. Cuando Jesús más necesitaba animo, ningún clamor vino desde el cielo “Este es mi Hijo amado.” Ningún ángel es enviado para fortalecerlo; ningún “Bien hecho, buen siervo y fiel” resuena en Sus oídos. Las mujeres que lo apoyaron están en silencio. Los discípulos, cobardes y aterrados, huyeron. Sintiéndose repudiado por todos, Jesús permanece en el camino del sufrimiento solo, abandonado y dejado en la oscuridad total.

¡Cada detalle de este abandono terrible declara el carácter atroz de nuestros pecados!

Pero ¿por qué Dios heriría a Su propio Hijo (Isaías 53:10)? El Padre no es caprichoso, malicioso, o es meramente didáctico. El propósito real es penal, es el justo castigo por el pecado del pueblo de Cristo. “Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él.” (2 Corintios 5:21).

Cristo fue hecho pecado por nosotros, queridos creyentes. Entre todos los misterios de la salvación, la palabra “por” excede todo. Esta pequeña palabra ilumina nuestras tinieblas y une a Cristo Jesús con los pecadores. Cristo estaba actuando en nombre de Su pueblo como su representante y en su beneficio.

Con Jesús como nuestro sustituto, la ira de Dios está satisfecha y Dios puede justificar a aquellos que creen en Jesús (Rom. 3:26). El sufrimiento Penal de Cristo, por lo tanto, es vicario –Él sufrió por nosotros. Él no se limitó a compartir nuestro abandono, sino que Él nos salvó de ello. Él lo soportó por nosotros, no con nosotros. Eres inmune a la condenación (Rom. 8:1) y al anatema (Maldición) de Dios (Gal. 3:13) porque Cristo lo soportó por ti en la oscuridad exterior. El Gólgota asegura nuestra inmunidad de juicio y reconciliación con el Padre, no una mera simpatía.

Esto explica las horas de oscuridad y el rugir de abandono. El pueblo de Dios experimenta sólo una muestra de ello cuando son llevados por el Espíritu Santo ante el Juez del cielo y de la tierra, sólo para experimentar que no se consumen por causa de Cristo. Salen de las tinieblas, confesando: “Debido a que Emmanuel ha descendido a las profundidades del Seol por nosotros, Dios está con nosotros en la oscuridad, bajo la oscuridad, a través de la oscuridad –y nosotros no hemos sido consumidos.”

¡Cuan grande es el amor de Dios! De hecho, nuestros corazones rebosan de amor que nosotros respondemos: “Nosotros le amamos, porque él nos amó primero” (1 Juan 4:19).

— Dr. Joel Beeke | Adaptado por J. Alfredo Covarrubias | Teología Dogmática

CRISTO SUFRIÓ Y MURIÓ PARA MOSTRAR SU PROPIO AMOR POR NOSOTROS

“Cristo nos amó y se entregó por nosotros como ofrenda y sacrificio fragante para Dios.”

–Efesios 5:2

“Cristo amo a la Iglesia y se entregó a sí mismo por ella.”

—Efesios 5:25

“Él me amó y dio su vida por mí.”

—Gálatas 2:20

La muerte de Cristo no solo es la demostración del amor de Dios (Juan 3:16), sino también la suprema expresión del propio amor de Cristo por todos los que lo reciban ese amor como un tesoro. Los primeros testigos que sufrieron mucho por ser cristianos fueron cautivados por esta razón: Cristo “me amó y se entregó a Sí mismo por mí” (Gálatas 2:20).  Tomaron el acto de la propia entrega del sacrificio de Cristo muy personalmente. Dijeron: “Él me amó a mí. Él se dio a Sí mismo por mí”.

Seguramente éste es el modo en que debemos entender el sufrimiento y la muerte de Cristo. Ambas tienen que ver conmigo. Se trata del amor de Cristo por mí personalmente. Es mi pecado lo que me separó de Dios, no el pecado en general. Es mi dureza de corazón y entumecimiento espiritual lo que degrada la dignidad de Cristo. Estoy perdido y pereciendo. Cuando se trata de salvación, he perdido todo alegato de justicia. Todo lo que puedo hacer es suplicar misericordia.

Entonces veo a Cristo sufriendo y muriendo. ¿Por quién? Dice que “Cristo amó a la Iglesia y se entregó por ella” (Efesios 2:25). “Nadie tiene mayor amor que éste, que uno ponga su vida por sus amigos” (Juan 15:13). “El Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir y dar su vida en rescate por muchos” (Marcos 20:28).

Y me pregunto: ¿Estoy yo entre los “muchos”? ¿Puedo yo ser uno de Sus “amigos”? ¿Puedo yo pertenecer a la “Iglesia”? y oigo la respuesta: “Cree en el Señor Jesús, y serás salvo” (Hechos 16:31). “Todo aquel que invocare el nombre del Señor, será salvo” (Romanos 10:13). “Todos los que en Él creyeren, recibirán perdón de pecados por su nombre” (Hechos 10:43). “Mas a todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios” (Juan 1:12). “Todo aquel que en Él cree no se pierde, mas tiene vida eterna” (Juan 3:16).

Mi corazón queda persuadido, y abrazo la belleza y la generosidad de Cristo como mi tesoro. Y fluye dentro de mi corazón esta gran realidad: el amor de Cristo por mí. De modo que digo con aquellos primeros  testigos: “Él me amó y se entregó a Sí mismo por mí”.

¿Y qué quiero decir? Quiero decir que Él pagó el más alto precio posible por darme el más grande regalo posible. ¿Y qué es eso? Es el regalo por el que oró al fin de Su vida: “Padre, aquellos que me has dado, quiero que donde yo estoy ellos también estén conmigo, para que vean mi gloria” (Juan 17:34). En Su sufrimiento y Su muerte “vimos su gloria, gloria como del Unigénito del Padre, lleno de gracia y verdad” (Juan 1:14). Hemos visto suficiente para estar cautivados con Su causa. Pero lo mejor está aún por venir. Él murió para asegurarnos esto. Ese es el amor de Cristo.

— Por John Piper de su libro: “La Pasión de Jesucristo”, páginas 30-31, editorial: Unilit | Adaptado y transcrito por J. Alfredo Covarrubias | Glorioso Evangelio.

CRISTO SUFRIÓ Y MURIÓ PARA MOSTRAR LA RIQUEZA DEL AMOR Y LA GRACIA DE DIOS POR LOS PECADORES

“Ciertamente, apenas morirá alguno  por un Justo; con todo, pudiera a ser que alguno osara morir por el bueno. Mas Dios muestra Su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros.”

—Romanos 5:7-8

“Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a Su Hijo Unigénito, para que todo aquel que en Él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna.

—San Juan 3:16

“En quien tenemos redención por Su sangre, el perdón de pecados según las riquezas de Su gracia.”

—Efesios 1:7

La medida del amor de Dios por nosotros se muestra en dos cosas. Una es el grado de Su sacrificio en salvarnos de la penalidad de nuestro pecado. La otra es el grado de falta de mérito que teníamos cuando Él nos salvó.

Podemos oír la medida de Su sacrificio en las palabras: “Dio a Su Hijo Único” (Juan 3:16 DHH). También oímos esto en la palabra “Cristo”. Este es un nombre basado en el título griego “Christos”, o “El Ungido”, o “Mesías”. Es un término de gran dignidad. El Mesías iba ser el Rey de Israel. Él conquistaría a los romanos y traería paz y seguridad a Israel. Así que la Persona a quien Dios envió para salvar a los pecadores fue Su propio Divino Hijo, Su Hijo Único, el Ungido Rey de Israel… y en efecto el Rey del mundo (Isaías 9:6-7).

Cuando agregamos a estas consideraciones la horrible muerte por crucifixión que Cristo soportó, se hace claro que el sacrificio del Padre y del Hijo fue indescriptiblemente grande, aun infinito, cuando se considera la distancia entre lo Divino y lo humano. Pero Dios escogió hacer este sacrificio para salvarnos.

La medida de Su amor por nosotros aumenta aún más cuando consideramos nuestra falta de méritos. “Tal vez haya alguien quien se atreva a morir por una persona buena. Pero Dios demuestra Su amor por nosotros en esto: en que cuando todavía éramos pecadores, Cristo murió por nosotros” (Romanos 5:7-8). Merecemos el castigo divino, no el sacrificio divino.

He oído decir: “Dios no murió por las ranas. Así que estaba respondiendo a nuestro valor como humanos”. Esto altera el significado de la gracia. Nosotros somos peores que las ranas. Las ranas no han pecado. No se han rebelado ni han tratado a Dios con desprecio ni han sido inconsecuentemente en sus vidas. Dios no tuvo que morir por las ranas. No son lo suficiente malas. Nosotros sí lo somos. Nuestra deuda es tan grande que solo un sacrificio divino podría pagarla.

Hay solo una explicación para el sacrifico de Dios por nosotros. No somos nosotros. Son “las riquezas de Su gracia” (Efesios 1:7). Es todo gratis. No responde a nuestro mérito (que de hecho no tenemos). Es el desborde de Su infinita gracia. De hecho, esto es lo que el divino amor es al fin y al cabo: una Pasión por cautivar a pecadores que no lo merecían. A gran costo, con algo que los hará supremamente felices para siempre: Su infinita belleza. 

— Por John Piper de su libro: “La Pasión de Jesucristo”, páginas 28-29, editorial: Unilit | Adaptado y transcrito por J. Alfredo Covarrubias | Glorioso Evangelio.

CRISTO SUFRIÓ Y MURIÓ PARA LLEVARNOS A DIOS

“También Cristo padeció una sola vez por los pecados, el Justo por los injustos, para llevarnos a Dios”

-1 Pedro 3:18

“Pero ahora en Cristo Jesús, vosotros que en otro tiempo estabais lejos, habéis sido hechos cercanos por la sangre de Cristo.”

-Efesios 2:13

Al final de cuentas, Dios es el Evangelio. Evangelio significa “Buenas Noticias”. El Cristianismo no es primero teología, sino Noticias. Es cuando los prisioneros de guerra oyeron por una radio escondida que los aliados habían desembarcado y el rescate era cuestión de tiempo. Los guardias se preguntaban por qué todos estaban regocijados.

Pero ¿cuál es el supremo bien en la Buenas Noticias? Todo termina en una cosa: Dios mismo. Todas las palabras del Evangelio conducen a Él, o no son el Evangelio. Por ejemplo, la salvación no es Buena Noticia si solo salva del infierno y no lleva a Dios. El perdón no es Buena Noticia si solo nos alivia de la culpa y no abre el camino hacia a Dios. La justificación no es Buena Noticia si solo nos hace legalmente aceptables a Dios pero no trae amistad con Dios. La redención no es Buena Noticia si solo nos libera de la servidumbre pero no nos lleva a Dios. La adopción no es Buena Noticia si solo nos coloca en la familia del Padre pero no es Sus brazos.

Esto es crucial. Muchas personas parecen aceptar las Buenas Noticias sin aceptar a Dios.  No existe prueba segura de que tenemos un nuevo corazón solo porque deseemos escapar del infierno. Ese es un deseo perfectamente natural. No es sobrenatural. No se necesita un nuevo corazón para desear el alivio psicológico del perdón, o la suspensión de la Ira de Dios, o la herencia del mundo de Dios. Son deseos lógicos que no implican cambio espiritual alguno. Uno no necesita nacer otra vez para desear estas cosas. El diablo las desea.

No nada malo en desearlas. Realmente es una insensatez no quererlas. Pero la evidencia de que hemos sido cambiados es que deseamos estas cosas porque nos traen el gozo de Dios. Esto es lo más importante en cuanto a los motivos de la muerte de Cristo. “Cristo padeció una sola vez por los pecados, el Justo por los injustos para llevarnos a Dios” (1 Pedro 3:18).  

¿Por qué es ésta la esencia de las Buenas Nuevas? Porque fuimos hechos para experimentar la plena y duradera felicidad de contemplar y saborear la gloria de Dios. Si nuestro gozo mejor viene  de algo menor, somos idólatras y Dios es deshonrado. Él nos creó de tal manera que Su gloria se manifieste a través de nuestro gozo en ella. El Evangelio de Cristo es la Buena Noticia de que al costo de la vida de Su Hijo, Dios ha hecho todo lo necesario para cautivarnos con lo que nos hará felices eternamente y en forma creciente: Él mismo.

Mucho antes de venir Cristo, Dios se reveló a Sí mismo como la fuente de pleno y duradero placer. “Me mostrarás la senda de la vida. En tu presencia hay plenitud de gozo; delicias a tu diestra para siempre” (Salmo 16:11). Entonces Él envió a Cristo a sufrir “para que pudiera llevarnos a Dios”. Esto quiere decir que envió a Cristo para llevarnos al gozo más profundo y prolongado que un humano puede tener. Oigamos entonces la invitación: Vuélvanse de “los deleites temporales del pecado” (Hebreos 11:25) y busquemos “placeres eternos”. Busquemos a Cristo.

— Por John Piper de su libro: “La Pasión de Jesucristo”, páginas 62-63, editorial: Unilit | Adaptado y transcrito por J. Alfredo Covarrubias | Glorioso Evangelio.