LA IRA DE DIOS

¿QUÉ MERECE TODO PECADO?

La Ira y la maldición de Dios, tanto en esta vida como en la venidera.

“Apartaos de mí, malditos, al fuego eterno” (Mateo 25:41). Al haber pecado, el ser humano es como el predilecto que pierde el favor del rey y merece Su ira y la maldición de Dios. Merece la maldición de Dios (Gálatas 3:10). Tal como Cristo maldijo la higuera y esta se marchitó, así también, cuando Dios maldice a alguien, el alma de este se marchita (Mateo 21:19). La maldición lo destruye todo a su paso. También es merecedor de la ira de Dios, que no es sino la ejecución de Su maldición.

¿QUÉ ES LO QUE HACE TERRIBLE A LA IRA DE DIOS?

I. La Ira de Dios es privativa.

Esto es, nos priva de la sonrisa del rostro de Dios, ya es suficiente quedar privados de Su presencia: en cuya “presencia hay plenitud de gozo” (Salmo 16:11). Su semblante sonriente tiene un esplendor y una belleza que extasía a los ángeles en deleite. Este es el diamante del anillo de la gloria. ¡Si para Absalón supuso una desdicha tan grande no ver el rostro del rey, qué no será para los malvados quedar privados de observar el hermoso rostro de Dios!, quedar privados de la visión de Dios es el mayor de los castigos.

II. La Ira de Dios es constante.

El infierno es una morada, pero no un lugar de descanso; no se descansa un solo minuto. El dolor físico entiende de remisión. Si se trata de una piedra de riñón o de un cólico, el paciente disfruta de algunos momentos de alivio; pero los tormentos de los condenados son constantes. Quien experimenta la ira de Dios jamás dice: “siento alivio”.

III. La Ira de Dios es eterna.

Así lo dice el texto: “Fuego eterno” (cf. Mateo 25:41). No hay lágrimas que puedan apagar la llama de la ira de Dios; no, ni aun cuando pudiéramos derramar ríos de ellas. Aguardamos un fin para todos los dolores de esta vida; el sufrimiento no perdura; muere el atormentador o el atormentado; pero la ira de Dios consume perpetuamente al pecador. El horror del fuego natural es que consume lo que quema, pero lo que hace que el fuego de la ira de Dios sea tan terrible es que no consume lo que quema. Quienes se pierden morirán de tal forma que seguirán siempre vivos. El pecador estará en el horno para siempre. Tras innumerables millones de años,  la ira de Dios estará tan lejos de acabar como al principio. Si toda la tierra y el mar fueran arena, y cada mil años un pájaro se llevara un grano, pasaría largo tiempo hasta que la inmensa montaña de arena desapareciera; pero si, tras todo ese tiempo, los condenados pudieran salir del infierno, habría esperanza. El término “eterno” quebranta el corazón.

IV. La Ira de Dios es justa.

La palabra griega traducida como venganza significa justicia. Los malvados beberán un mar de ira, pero ni una sola gota de injusticia. Es justo que se restituya el honor de Dios, ¿y cómo lo hará sino castigando a los transgresores? Quien infringe las leyes reales merece el castigo. La misericordia responde al favor, mientras que el castigo al mérito: “Nuestra es la confusión de rostro” (Daniel 9:8). La ira es lo que nos corresponde a los pecadores; lo merecemos tanto como cualquier salario que recibamos.

¿QUÉ HAREMOS PARA EVITAR LA IRA VENIDERA Y ESCAPAR DE ELLA?

Ser partícipes de Jesucristo.

Cristo es la única pantalla que se interpone entre nosotros y la ira de Dios; sufrió Su ira para que todos los que crean en Él no tengan que soportarla jamás: “Jesús, quien nos libra de la ira venidera” (1 Tesalonicenses 1:10). El horno ardiente de Nabucodonosor era símbolo de la ira de Dios, y ese horno no tocó las vestimentas de los tres muchachos, “ni siquiera el olor de fuego tenían” (Daniel 3:27). Jesucristo entró en el horno de la ira de Su Padre, y el olor del fuego del Infierno jamás impregnará a quienes crean en Él.

 Permítaseme exhortar al que tenga esperanza fundada de que no sufrirá esta ira que merecía a mostrarse extremadamente agradecido a Dios, que entregó a Su Hijo para salvarlo de esta tremenda ira. Jesús te ha librado de la ira venidera. El Cordero de Dios se abrasó por ti en el fuego de la ira de Dios. Cristo sintió la ira que no merecía para que pudieras escapar de la ira que merecías.  Observa Plinio que nada apaga el fuego de manera más eficaz que la sangre. La sangre de Cristo ha apagado el fuego de la ira de Dios por ti. “Hijo mío, sea sobre mí tu maldición”, dijo Rebeca a Jacob (Génesis 27:13). Y lo mismo dijo Cristo a la justicia de Dios: “Sea sobre mí la maldición para que los elegidos hereden la bendición”. Seamos pacientes bajo todas las aflicciones que soportemos. La aflicción es dolorosa, pero no es la ira, no es el Infierno. ¿Quién no bebería voluntariamente de la copa de la aflicción sabiendo que jamás beberá de la copa de la condenación? ¿Quién no estaría dispuesto a soportar la ira del hombre sabiendo que jamás sentirá la ira de Dios?

Cristiano, aunque sientas la vara, jamás sentirás el hacha sangrienta. Dijo Agustín una vez: “Golpea, Señor, donde desees si el pecado queda perdonado”. Así, digamos igualmente: “Aflígeme, Señor, como desees en esta vida, puesto que escaparé  a la ira venidera”.

— Thomas Watson, de su libro: “Los Diez Mandamientos” | La Ley y el Pecado.

| Transcrito y adaptado por J. Alfredo Covarrubias | Teología Dogmática

Jesús se hizo Maldición por nosotros

Si alguna vez hubo una obscenidad que violara las normas contemporáneas de la comunidad, fue Jesús en la cruz. Después de que El se convirtió en el chivo expiatorio y el Padre le había imputado a El todos los pecados de cada uno de Su pueblo, se exhibió la más intensa y densa concentración del mal experimentado alguna vez en este planeta. Jesús era la obscenidad final.

¿Y qué pasó? Dios es demasiado Santo para mirar al pecado. No podía soportar ver esa condensación concentrada monumental del mal, por lo que desvió la mirada de Su Hijo. La luz de Su rostro se apagó. Todas las bendiciones fueron destituidas de Su Hijo, a quien amaba, y en su lugar estaba la medida completa de la maldición divina.

Jesús Fue Abandonado

A mediodía, Él apagó las luces en la colina en las afueras de Jerusalén, de modo que cuando Su rostro se mudó, cuando la luz de Su rostro se apagó, ni siquiera el sol podría brillar en el Calvario. Llevando la completa medida de la maldición, Cristo gritó: «Eli, Eli lama sabactani», es decir, «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?» (Mateo 27:46).

Jesús aprovechó esa ocasión para identificarse con el salmista en el Salmo 22 con el fin de llamar la atención sobre aquellos que veían el espectáculo que estaban presenciando, pues era en realidad un cumplimiento de la profecía. No creo que Jesús estaba en un estado de ánimo citando a la Biblia en el momento. Su grito no era, como Albert Schweitzer, opinó, el clamor de un profeta desilusionado, que había creído que Dios iba a rescatarlo en el último momento y entonces se sintió abandonado. No sólo se sintió abandonado, sino que fue abandonado. Para que Jesús se convirtiese en la maldición, tuvo que ser abandonado por el Padre.

He estado pensando sobre estas cosas desde hace cincuenta años, y no puedo comenzar a penetrar en todo lo que significaba que Jesús fuera abandonado por Dios. Pero no hay nada de eso encontrado en los pseudo-evangelios de nuestro tiempo. Cada vez que escucho a un predicador decir a su pueblo que Dios les ama incondicionalmente, quiero pedir que el hombre sea destituido por esa violación de la Palabra de Dios. ¿Qué pagano no escuchará en esa declaración que él no tiene necesidad de arrepentimiento, para que pueda continuar en el pecado sin temor, sabiendo que se han resuelto todos? Hay un profundo sentido en el que Dios ama a la gente, incluso en su corrupción, pero todavía están bajo Su anatema.

El Evangelio –Nuestra Única Esperanza

El hecho de que un hombre es ordenado no es ninguna garantía de que él está en el reino de Dios. Las probabilidades son astronómicas que muchos todavía están bajo la maldición de Dios. Hay hombres ordenados que aún no han huido a la cruz, que aún contando con la idea nebulosa del amor incondicional de Dios para entrar o peor aún, sigue pensando que pueden entrar en el reino de Dios a través de sus buenas obras. Ellos no entienden que a menos que perfectamente obedezcan la ley de Dios, lo cual no lo han hecho durante cinco minutos desde que nacieron, están bajo la maldición de Dios. Esa es la realidad, debemos dejar claro a nuestro pueblo, ya sea que se lleven la maldición de Dios por sí mismos o huyan hacia Aquel que la llevó por ellos.

A Tomás de Aquino, una vez se le preguntó si pensaba que Jesús disfrutaba de la visión beatífica en toda su vida. Tomás dijo: “Yo no lo sé, pero estoy seguro de que nuestro Señor fue capaz de ver las cosas que nuestro pecado nos impide ver.” Recuerde que la promesa de la visión de Dios en las Bienaventuranzas es la promesa hecha a la puros de corazón. La razón por la que no podemos ver a Dios con nuestros ojos no es que tenemos un problema con el nervio óptico. Lo que nos impide ver a Dios es nuestro corazón y nuestra impureza. Pero Jesús no tenía ninguna impureza. Así que obviamente tenía algo de experiencia de la belleza del Padre hasta el momento de que nuestro pecado fue puesto sobre Él, y Él que era puro ya no era más puro, y Dios lo maldijo.

Era como si se oyese un grito desde el cielo, como si Jesús se enteró de las palabras «Dios te condenará,» porque eso es lo que significaba ser maldito y bajo el anatema del Padre. No entiendo eso, pero sé que es verdad. Sé que cada persona que no ha sido cubierto por la justicia de Cristo atrae cada respiración bajo la maldición de Dios. Si usted cree eso deje de añadir al Evangelio obras y comience a predicar con claridad y valentía, porque, queridos amigos, es la única esperanza que tenemos, y es esperanza suficiente.

— Extracto adaptado de “The Curse Motif of the Cross” por RC Sproul en Proclaiming a Cross Centered Theology. Usado con permiso de Crossway, un ministerio de publicaciones de los editores GoodNews, Wheaton, IL 60187.

CRISTO ABANDONADO

¿Sabes en realidad qué pasó en la Cruz de Cristo?

Cristo fue abandonado en la Cruz por Su Padre para que la maldición y la ira de Dios contra el pecado de Su pueblo cayeran sobre Él, y lograr así que la justicia de Dios quedara satisfecha para restablecer nuestra reconciliación con Dios y ser redimidos de nuestros pecados y condenación.

“Cerca de la hora novena, Jesús clamó a gran voz, diciendo: Elí, Elí, ¿lama sabactani? Esto es: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?”

— Mateo 27:46

Es mediodía, y Jesús ha estado en la cruz durante tres horas llenas de dolor. De repente, la oscuridad cae sobre el Calvario y “sobre toda la tierra” (v. 45). Por un acto milagroso de Dios Todopoderoso, al mediodía se convierte en medianoche.

Esta oscuridad sobrenatural es un símbolo del juicio de Dios sobre el pecado. La oscuridad física señala una oscuridad más profunda y más temible.

El gran Sumo Sacerdote entra en el Lugar Santísimo del Gólgota sin amigos o enemigos. El Hijo de Dios es el único en la cruz durante tres horas finales, soportando lo que desafía nuestra imaginación. Experimentando todo el peso de la ira de Su Padre, Jesús no puede permanecer en silencio. Él clama: “Dios mío, Dios mío, por qué me has desamparado?”

Esta frase representa el punto cúspide de los sufrimientos de Jesús. Aquí Jesús desciende a la esencia del infierno, el sufrimiento más extremo jamás experimentado. Es un momento tan compacto, tan infinito, tan horrendo que es incomprensible y, al parecer, insostenible.

El grito de Jesús de ninguna manera está disminuyendo Su Deidad. Jesús no deja de ser Dios, antes, durante o después de esto. El grito de Jesús no divide a Su naturaleza Humana de Su naturaleza Divina o destruye la Trinidad. Tampoco le separa del Espíritu Santo. El Hijo carece de los consuelos del Espíritu, pero no pierde la santidad del Espíritu. Y, por último, no le hacen renegar de Su misión. Tanto el Padre y el Hijo desde toda la eternidad sabían que Jesús se convirtió en el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo (Juan 1:29). Es impensable que el Hijo de Dios podría cuestionar lo que está sucediendo o estar perplejo cuando la presencia amorosa de Su Padre se aparte.

Jesús está expresando la agonía de súplica sin respuesta (Sal. 22:1-2). Sin respuesta, Jesús se siente olvidado de Dios. También esta expresando la agonía de presión insoportable. Es el tipo de “rugiente” que se menciona en el Salmo 22, el rugido de agonía desesperada sin rebelión. Es el grito infernal pronunciado cuando la ira de Dios sin diluir abruma el alma. Es el corazón traspasado, el cielo traspasado, y el infierno traspasado. Además, Jesús expresa la agonía del pecado sin paliativos. Todos los pecados de los elegidos, y el infierno que se merecen por toda la eternidad, se colocan sobre Él. Y Jesús está expresando la agonía de la soledad sin ayuda. En su hora de mayor necesidad viene un dolor diferente a todo lo que el Hijo ha experimentado alguna vez: el abandono de Su Padre. Cuando Jesús más necesitaba animo, ningún clamor vino desde el cielo “Este es mi Hijo amado.” Ningún ángel es enviado para fortalecerlo; ningún “Bien hecho, buen siervo y fiel” resuena en Sus oídos. Las mujeres que lo apoyaron están en silencio. Los discípulos, cobardes y aterrados, huyeron. Sintiéndose repudiado por todos, Jesús permanece en el camino del sufrimiento solo, abandonado y dejado en la oscuridad total.

¡Cada detalle de este abandono terrible declara el carácter atroz de nuestros pecados!

Pero ¿por qué Dios heriría a Su propio Hijo (Isaías 53:10)? El Padre no es caprichoso, malicioso, o es meramente didáctico. El propósito real es penal, es el justo castigo por el pecado del pueblo de Cristo. “Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él.” (2 Corintios 5:21).

Cristo fue hecho pecado por nosotros, queridos creyentes. Entre todos los misterios de la salvación, la palabra “por” excede todo. Esta pequeña palabra ilumina nuestras tinieblas y une a Cristo Jesús con los pecadores. Cristo estaba actuando en nombre de Su pueblo como su representante y en su beneficio.

Con Jesús como nuestro sustituto, la ira de Dios está satisfecha y Dios puede justificar a aquellos que creen en Jesús (Rom. 3:26). El sufrimiento Penal de Cristo, por lo tanto, es vicario –Él sufrió por nosotros. Él no se limitó a compartir nuestro abandono, sino que Él nos salvó de ello. Él lo soportó por nosotros, no con nosotros. Eres inmune a la condenación (Rom. 8:1) y al anatema (Maldición) de Dios (Gal. 3:13) porque Cristo lo soportó por ti en la oscuridad exterior. El Gólgota asegura nuestra inmunidad de juicio y reconciliación con el Padre, no una mera simpatía.

Esto explica las horas de oscuridad y el rugir de abandono. El pueblo de Dios experimenta sólo una muestra de ello cuando son llevados por el Espíritu Santo ante el Juez del cielo y de la tierra, sólo para experimentar que no se consumen por causa de Cristo. Salen de las tinieblas, confesando: “Debido a que Emmanuel ha descendido a las profundidades del Seol por nosotros, Dios está con nosotros en la oscuridad, bajo la oscuridad, a través de la oscuridad –y nosotros no hemos sido consumidos.”

¡Cuan grande es el amor de Dios! De hecho, nuestros corazones rebosan de amor que nosotros respondemos: “Nosotros le amamos, porque él nos amó primero” (1 Juan 4:19).

— Dr. Joel Beeke | Adaptado por J. Alfredo Covarrubias | Teología Dogmática

CRISTO SUFRIÓ Y MURIÓ PARA MOSTRAR SU PROPIO AMOR POR NOSOTROS

“Cristo nos amó y se entregó por nosotros como ofrenda y sacrificio fragante para Dios.”

–Efesios 5:2

“Cristo amo a la Iglesia y se entregó a sí mismo por ella.”

—Efesios 5:25

“Él me amó y dio su vida por mí.”

—Gálatas 2:20

La muerte de Cristo no solo es la demostración del amor de Dios (Juan 3:16), sino también la suprema expresión del propio amor de Cristo por todos los que lo reciban ese amor como un tesoro. Los primeros testigos que sufrieron mucho por ser cristianos fueron cautivados por esta razón: Cristo “me amó y se entregó a Sí mismo por mí” (Gálatas 2:20).  Tomaron el acto de la propia entrega del sacrificio de Cristo muy personalmente. Dijeron: “Él me amó a mí. Él se dio a Sí mismo por mí”.

Seguramente éste es el modo en que debemos entender el sufrimiento y la muerte de Cristo. Ambas tienen que ver conmigo. Se trata del amor de Cristo por mí personalmente. Es mi pecado lo que me separó de Dios, no el pecado en general. Es mi dureza de corazón y entumecimiento espiritual lo que degrada la dignidad de Cristo. Estoy perdido y pereciendo. Cuando se trata de salvación, he perdido todo alegato de justicia. Todo lo que puedo hacer es suplicar misericordia.

Entonces veo a Cristo sufriendo y muriendo. ¿Por quién? Dice que “Cristo amó a la Iglesia y se entregó por ella” (Efesios 2:25). “Nadie tiene mayor amor que éste, que uno ponga su vida por sus amigos” (Juan 15:13). “El Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir y dar su vida en rescate por muchos” (Marcos 20:28).

Y me pregunto: ¿Estoy yo entre los “muchos”? ¿Puedo yo ser uno de Sus “amigos”? ¿Puedo yo pertenecer a la “Iglesia”? y oigo la respuesta: “Cree en el Señor Jesús, y serás salvo” (Hechos 16:31). “Todo aquel que invocare el nombre del Señor, será salvo” (Romanos 10:13). “Todos los que en Él creyeren, recibirán perdón de pecados por su nombre” (Hechos 10:43). “Mas a todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios” (Juan 1:12). “Todo aquel que en Él cree no se pierde, mas tiene vida eterna” (Juan 3:16).

Mi corazón queda persuadido, y abrazo la belleza y la generosidad de Cristo como mi tesoro. Y fluye dentro de mi corazón esta gran realidad: el amor de Cristo por mí. De modo que digo con aquellos primeros  testigos: “Él me amó y se entregó a Sí mismo por mí”.

¿Y qué quiero decir? Quiero decir que Él pagó el más alto precio posible por darme el más grande regalo posible. ¿Y qué es eso? Es el regalo por el que oró al fin de Su vida: “Padre, aquellos que me has dado, quiero que donde yo estoy ellos también estén conmigo, para que vean mi gloria” (Juan 17:34). En Su sufrimiento y Su muerte “vimos su gloria, gloria como del Unigénito del Padre, lleno de gracia y verdad” (Juan 1:14). Hemos visto suficiente para estar cautivados con Su causa. Pero lo mejor está aún por venir. Él murió para asegurarnos esto. Ese es el amor de Cristo.

— Por John Piper de su libro: “La Pasión de Jesucristo”, páginas 30-31, editorial: Unilit | Adaptado y transcrito por J. Alfredo Covarrubias | Glorioso Evangelio.

CRISTO SUFRIÓ Y MURIÓ PARA MOSTRAR LA RIQUEZA DEL AMOR Y LA GRACIA DE DIOS POR LOS PECADORES

“Ciertamente, apenas morirá alguno  por un Justo; con todo, pudiera a ser que alguno osara morir por el bueno. Mas Dios muestra Su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros.”

—Romanos 5:7-8

“Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a Su Hijo Unigénito, para que todo aquel que en Él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna.

—San Juan 3:16

“En quien tenemos redención por Su sangre, el perdón de pecados según las riquezas de Su gracia.”

—Efesios 1:7

La medida del amor de Dios por nosotros se muestra en dos cosas. Una es el grado de Su sacrificio en salvarnos de la penalidad de nuestro pecado. La otra es el grado de falta de mérito que teníamos cuando Él nos salvó.

Podemos oír la medida de Su sacrificio en las palabras: “Dio a Su Hijo Único” (Juan 3:16 DHH). También oímos esto en la palabra “Cristo”. Este es un nombre basado en el título griego “Christos”, o “El Ungido”, o “Mesías”. Es un término de gran dignidad. El Mesías iba ser el Rey de Israel. Él conquistaría a los romanos y traería paz y seguridad a Israel. Así que la Persona a quien Dios envió para salvar a los pecadores fue Su propio Divino Hijo, Su Hijo Único, el Ungido Rey de Israel… y en efecto el Rey del mundo (Isaías 9:6-7).

Cuando agregamos a estas consideraciones la horrible muerte por crucifixión que Cristo soportó, se hace claro que el sacrificio del Padre y del Hijo fue indescriptiblemente grande, aun infinito, cuando se considera la distancia entre lo Divino y lo humano. Pero Dios escogió hacer este sacrificio para salvarnos.

La medida de Su amor por nosotros aumenta aún más cuando consideramos nuestra falta de méritos. “Tal vez haya alguien quien se atreva a morir por una persona buena. Pero Dios demuestra Su amor por nosotros en esto: en que cuando todavía éramos pecadores, Cristo murió por nosotros” (Romanos 5:7-8). Merecemos el castigo divino, no el sacrificio divino.

He oído decir: “Dios no murió por las ranas. Así que estaba respondiendo a nuestro valor como humanos”. Esto altera el significado de la gracia. Nosotros somos peores que las ranas. Las ranas no han pecado. No se han rebelado ni han tratado a Dios con desprecio ni han sido inconsecuentemente en sus vidas. Dios no tuvo que morir por las ranas. No son lo suficiente malas. Nosotros sí lo somos. Nuestra deuda es tan grande que solo un sacrificio divino podría pagarla.

Hay solo una explicación para el sacrifico de Dios por nosotros. No somos nosotros. Son “las riquezas de Su gracia” (Efesios 1:7). Es todo gratis. No responde a nuestro mérito (que de hecho no tenemos). Es el desborde de Su infinita gracia. De hecho, esto es lo que el divino amor es al fin y al cabo: una Pasión por cautivar a pecadores que no lo merecían. A gran costo, con algo que los hará supremamente felices para siempre: Su infinita belleza. 

— Por John Piper de su libro: “La Pasión de Jesucristo”, páginas 28-29, editorial: Unilit | Adaptado y transcrito por J. Alfredo Covarrubias | Glorioso Evangelio.

CRISTO SUFRIÓ Y MURIÓ PARA LLEVARNOS A DIOS

“También Cristo padeció una sola vez por los pecados, el Justo por los injustos, para llevarnos a Dios”

-1 Pedro 3:18

“Pero ahora en Cristo Jesús, vosotros que en otro tiempo estabais lejos, habéis sido hechos cercanos por la sangre de Cristo.”

-Efesios 2:13

Al final de cuentas, Dios es el Evangelio. Evangelio significa “Buenas Noticias”. El Cristianismo no es primero teología, sino Noticias. Es cuando los prisioneros de guerra oyeron por una radio escondida que los aliados habían desembarcado y el rescate era cuestión de tiempo. Los guardias se preguntaban por qué todos estaban regocijados.

Pero ¿cuál es el supremo bien en la Buenas Noticias? Todo termina en una cosa: Dios mismo. Todas las palabras del Evangelio conducen a Él, o no son el Evangelio. Por ejemplo, la salvación no es Buena Noticia si solo salva del infierno y no lleva a Dios. El perdón no es Buena Noticia si solo nos alivia de la culpa y no abre el camino hacia a Dios. La justificación no es Buena Noticia si solo nos hace legalmente aceptables a Dios pero no trae amistad con Dios. La redención no es Buena Noticia si solo nos libera de la servidumbre pero no nos lleva a Dios. La adopción no es Buena Noticia si solo nos coloca en la familia del Padre pero no es Sus brazos.

Esto es crucial. Muchas personas parecen aceptar las Buenas Noticias sin aceptar a Dios.  No existe prueba segura de que tenemos un nuevo corazón solo porque deseemos escapar del infierno. Ese es un deseo perfectamente natural. No es sobrenatural. No se necesita un nuevo corazón para desear el alivio psicológico del perdón, o la suspensión de la Ira de Dios, o la herencia del mundo de Dios. Son deseos lógicos que no implican cambio espiritual alguno. Uno no necesita nacer otra vez para desear estas cosas. El diablo las desea.

No nada malo en desearlas. Realmente es una insensatez no quererlas. Pero la evidencia de que hemos sido cambiados es que deseamos estas cosas porque nos traen el gozo de Dios. Esto es lo más importante en cuanto a los motivos de la muerte de Cristo. “Cristo padeció una sola vez por los pecados, el Justo por los injustos para llevarnos a Dios” (1 Pedro 3:18).  

¿Por qué es ésta la esencia de las Buenas Nuevas? Porque fuimos hechos para experimentar la plena y duradera felicidad de contemplar y saborear la gloria de Dios. Si nuestro gozo mejor viene  de algo menor, somos idólatras y Dios es deshonrado. Él nos creó de tal manera que Su gloria se manifieste a través de nuestro gozo en ella. El Evangelio de Cristo es la Buena Noticia de que al costo de la vida de Su Hijo, Dios ha hecho todo lo necesario para cautivarnos con lo que nos hará felices eternamente y en forma creciente: Él mismo.

Mucho antes de venir Cristo, Dios se reveló a Sí mismo como la fuente de pleno y duradero placer. “Me mostrarás la senda de la vida. En tu presencia hay plenitud de gozo; delicias a tu diestra para siempre” (Salmo 16:11). Entonces Él envió a Cristo a sufrir “para que pudiera llevarnos a Dios”. Esto quiere decir que envió a Cristo para llevarnos al gozo más profundo y prolongado que un humano puede tener. Oigamos entonces la invitación: Vuélvanse de “los deleites temporales del pecado” (Hebreos 11:25) y busquemos “placeres eternos”. Busquemos a Cristo.

— Por John Piper de su libro: “La Pasión de Jesucristo”, páginas 62-63, editorial: Unilit | Adaptado y transcrito por J. Alfredo Covarrubias | Glorioso Evangelio.

CRISTO SUFRIÓ Y MURIÓ PARA ABSORBER LA IRA DE DIOS

“por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios, 
siendo justificados gratuitamente por su gracia, mediante la redención que es en Cristo Jesús, a quien Dios puso como PROPICIACIÓN por medio de la fe en su sangre, para manifestar su justicia, a causa de haber pasado por alto, en su paciencia, los pecados pasados, con la mira de manifestar en este tiempo su justicia, a fin de que él sea el justo, y el que justifica al que es de la fe de Jesús.”

-Romanos 3:23-26 RVR1960 

Si Dios no fuera Justo, no hubiera habido demanda que Su Hijo sufriera y muriera. Y si Dios no fuera amoroso, no hubiera habido disposición para que Su Hijo sufriera y muriera. Pero Dios es tanto justo como amoroso. Por consiguiente Su amor está dispuesto a satisfacer las demandas de la justicia.

La Ley de Dios demandaba: “Y amarás a Jehová tu Dios de todo tu corazón, y de toda tu alma, y con todas tus fuerzas” (Deuteronomio 6:5). Pero todos hemos amado otras cosas más. Esto es lo que es el pecado: deshonrar a Dios prefiriendo otras cosas antes que a Él, y actuar conforme a esas preferencias. Por consiguiente, la Biblia dice: “Por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios” (Romanos 3:23). Glorificamos lo que más disfrutamos. Y eso no es Dios.

Por lo tanto, el pecado no es algo pequeño, porque no es contra un Soberano pequeño. La seriedad de un insulto aumentan según la dignidad del insultado. El Creador del universo es infinitamente digno de respeto y admiración y lealtad. Por consiguiente, dejar de amarlo no es cosa trivial: es traición. Esto difama a Dios y destruye la felicidad humana.

Puesto que Dios es Justo, no esconde estos crímenes bajo la alfombra del universo. Siente una Ira santa contra ellos. Merecen ser castigados, y Él ha dejado esto bien claro: “El alma que pecare, esa morirá” (Ezequiel 18:4).

Hay una maldición santa que pende sobre todo pecado. No castigarlo sería injusto. Sería aceptar la degradación de Dios. Una mentira reinaría en el corazón de la realidad. Por tanto, Dios dice: “Maldito todo aquel que no permaneciere en todas las cosas escritas en el libro de la Ley, para hacerlas” (Gálatas 3:10; Deuteronomio 27:26).

Pero el amor de Dios no descansa con la maldición que pende sobre toda la humanidad pecadora. No está contento en mostrar la Ira, no obstante cuán santa sea ésta. Por lo tanto Dios envía a Su propio Hijo para absorber Su Ira y llevar sobre Sí la maldición por todos los que confían en Él. “Cristo nos redimió de la maldición de la Ley, hecho por nosotros maldición” (Gálatas 3:13).

Este es el significado de la palabra “Propiciación” en el texto citado (Romanos 3:25). Se refiere a la eliminación de la Ira de Dios mediante el suministro de un Sustituto. El Sustituto es proporcionado por Dios mismo. El Sustituto, Jesucristo, no solo cancela la Ira; la absorbe y la traslada de nosotros a Sí mismo. La Ira de Dios es justa, y fue aplicada, no suspendida.

No tratemos con ligereza a Dios ni trivialicemos Su amor. Nunca nos asombraremos de que Dios nos ama hasta que nos demos cuenta de la seriedad de nuestro pecado y la justicia de Su Ira contra nosotros. Pero cuando, por gracia, despertamos a nuestra indignidad, entonces podemos mirar al sufrimiento y la muerte de Cristo y decir: “En esto consiste el amor, no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino que Él nos amó a nosotros, y envío  Su Hijo en [Sacrificio absorbente de Ira] Propiciación por nuestros pecados” (1 Juan 4:10).

¡Oh, que podamos adorar la terrible maravilla del amor de Dios! Esto no es sentimental. Esto no es sencillo. Por nosotros Dios hizo lo imposible: vertió Su Ira sobre Su propio Hijo, cuya sumisión y obediencia los hizo infinitamente desmerecedor de recibirla. Sin embargo, la misma disposición del Hijo por recibirla fue preciosa a los ojos de Dios (Efesios 5:2). El Portador de la Ira era amado infinitamente.

— Por John Piper de su libro: “La Pasión de Jesucristo”, páginas 20-21, editorial: Unilit | Adaptado y transcrito por J. Alfredo Covarrubias | Glorioso Evangelio.

EL CRISTO Y LA CRUCIFIXIÓN

La pregunta más importante del Siglo veintiuno es: ¿Por qué sufrió tanto Jesucristo? Pero nunca veremos esta importancia si dejamos de ir más allá de la causa humana. La respuesta final a la pregunta, ¿Quién crucificó a Jesús? es: Dios. Esta es una idea asombrosa. Jesús era Su Hijo. Y el sufrimiento era insuperable. Pero todo el mensaje de la Biblia lleva a esta conclusión.

DIOS LO ENCAMINÓ A BIEN

El profeta Isaías dijo: “Fue la voluntad del SEÑOR quebrantarlo, sujetándolo a padecimientos” (Isaías 53:10). El Nuevo Testamento cristiano dice, “[Dios] no escatimó ni a Su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros” (Romanos 8:32). “Dios lo puso [a Cristo] como Propiciación…  por Su sangre, para ser recibido por fe” (Romanos 3:25).

Pero ¿cómo se relaciona este acto divino con las horribles acciones pecaminosas de los hombres que mataron a Jesús? La respuesta que se da en la Biblia queda expresada en una antigua oración: “se unieron en esta ciudad contra tu Santo Hijo Jesús… Herodes y Poncio Pilato, con los gentiles y el pueblo de Israel, para hacer cuanto tu mano y tu consejo habían antes determinado que sucediera” (Hechos 4:27-28). La profundidad y el alcance de esta divina soberanía nos dejan sin respiración. Pero es también la clave de nuestra salvación. Dios la planificó, y por intermedio de hombres malvados, gran bien ha venido al mundo. Para parafrasear un pasaje de la Torá judía: Lo que ellos hicieron con malas intenciones, Dios lo hizo con buenas intenciones (Génesis 50:20).

Y puesto que Dios lo hizo con buenas intenciones, debemos pasar más allá de la cuestión de la causa humana al propósito divino.  El tema central de la muerte de Jesús no es la causa, sino el propósito –el significado. El hombre puede tener sus razones para quitar a Jesús del camino. Pero sólo Dios puede concebir esto para bien del mundo. En realidad, los propósitos de Dios  para el mundo en la muerte de Jesús son insondables. Yo estoy arañando la superficie en este pequeño libro al presentarle razones por las cuales Cristo sufrió y murió. Mi objetivo es dejar que la Biblia hable. Aquí es donde nosotros oímos la palabra de Dios. Espero que estos indicadores le inicien en una interminable búsqueda para saber más y más de los grandes designios de Dios en la muerte de Cristo.

¿QUÉ SIGNIFICA LA PALABRA PASIÓN?

Viene de una palabra del latín que significa sufrimiento. Este es el sentido en que la estoy usando aquí: el sufrimiento y muerte de Jesucristo. […]

¿EN QUÉ SENTIDO FUE ÚNICA LA PASIÓN DE JESÚS?

¿Por qué el sufrimiento y la ejecución de un Hombre que fue convicto y condenado como pretendiente al trono de Roma desató, en los tres siglos siguientes, un poder para subir y para amar que trasformó el Imperio Romano, y hasta hoy está moldeando al mundo? La respuesta es que la Pasión de Jesús fue absolutamente única, y Su resurrección de la muerte tres días después fue un acto de Dios  para vindicar lo que Su muerte logró.

Su Pasión fue única porque Él era algo más que un mero Hombre. No menos. Era, como dice el antiguo Credo Niceno, “verdadero Dios de verdadero Dios”. Este es el testimonio de aquellos que lo conocieron y fueron inspirados por Él para explicar quién es Él. El apóstol  Juan se refería a Cristo como “el Verbo” y escribió “En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el verbo era Dios. Él estaba en el principio con Dios. Todas las cosas por Él fueron hechas y sin Él nada de lo que ha sido hecho, fue hecho… Y Aquel Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros, y vimos Su gloria, gloria como del Padre, lleno de gracia y de verdad” (Juan 1:1-3, 14).

Entonces añádase a Su Deidad que Él era totalmente inocente en Su sufrimiento. No solo inocente de la acusación de blasfemia, sino de todo pecado. Uno de Sus más cercanos discípulos dijo: “el cual no hizo pecado, ni se halló engaño en Su boca” (1 Pedro 2:22). Entonces añádase a esta peculiaridad que Él abrazó Su propia muerte con autoridad absoluta. Una de las más asombrosas declaraciones que jamás hizo Jesús fue acerca de Su propia muerte y resurrección: “…Yo pongo mi vida para volverla a tomar. Nadie me la quita, sino que Yo de mí mismo la pongo. Tengo poder para ponerla, y tengo poder para volverla a tomar. Este mandamiento recibí de mi Padre” (Juan 10:17-18). La controversia sobre quién mató a Jesús es marginal. El escogió morir. Su Padre lo ordenó. Él lo acató.

SU PASIÓN FUE VINDICADA POR SU RESURRECCIÓN

Debido a esta Pasión sin paralelo, Dios levantó a Jesús de entre los muertos. Sucedió tres días después. El domingo  temprano en la mañana Él se levantó de la muerte. Apareció numerosas veces a Sus discípulos por cuarenta días antes de Su ascensión al cielo (Hechos 1:3).

Los discípulos fueron tardíos para creer que esto realmente ocurrió. Ellos no eran crédulos primitivos. Eran sensatos comerciantes. Sabían que la gente no resucitaba. En un momento Jesús insistió en comer pescado para probarles que Él no era un fantasma (Lucas 24:39-43). Esta no era la resucitación de un cadáver. Era la resurrección del DIOS-HOMBRE, en una indestructible nueva vida. La Iglesia primitiva lo aclamó Señor del cielo y de la tierra. Dijeron “… habiendo efectuado la purificación de nuestros pecados, se sentó a la diestra de la Majestad en las alturas” (Hebreos 1:3). Jesús había terminado la labor que Dios le encomendó, y la resurrección fue la prueba de que Dios estaba satisfecho. Este libro es sobre todo lo que la Pasión de Jesús logró para el mundo.

— Por John Piper de su libro: “La Pasión de Jesucristo”, páginas 11-14, editorial: Unilit | Adaptado y transcrito por J. Alfredo | Glorioso Evangelio.

EL EVANGELISMO, SU ESENCIA E IMPORTANCIA

El Evangelismo es sumamente importante en la vida del Cristianismo. De hecho, el Evangelismo es el medio que Dios usa para llamar a Su pueblo a la Fe en Jesucristo, Su Hijo. Por ello, el Evangelismo es lo que ha mantenido, a través de la historia, de pie a la Iglesia. Si recordamos en nuestra propia experiencia, nosotros conocimos el Evangelio porque un día alguien nos predicó. Dios siempre ha usado hombres para proclamar el mensaje de la Cruz de Cristo. Así que, si hoy en día el Evangelio sigue sonando en los oídos de las personas, es porque existen evangelistas que constantemente están predicando. Esto nos lleva a la fidelidad de Dios en Su promesa.

El Evangelismo o Evangelizar es el proceso mediante el cual el creyente predica el mensaje del Evangelio a su prójimo. Evangelismo o Evangelizar significa: “predicar el Evangelio”. Por ello, es aquella acción mediante el cual la Iglesia proclama, anuncia e informa el mensaje del Evangelio a las personas. Cuando Evangelizamos hacemos llegar a nuestro prójimo el contenido primordial del Evangelio.
Pero, hablamos que Evangelizar es predicar el Evangelio, pero ¿qué es el Evangelio?

Evangelio viene de una palabra griega: “euanguélion”, que significa Buenas Nuevas o Buenas Noticias. Y aquí viene una segunda pregunta: ¿Buenas Noticias de qué?
El mensaje del Evangelio es la Buena Noticia del Dios Eterno para la Salvación de los pecadores a través de Jesucristo. Aquí es donde comenzamos a sorprendernos, pues toda noticia cuando es buena nos agrada y da paz. Cuando alguien nos da una buena noticia eso nos anima y conforta; pero, cuando escuchamos el Evangelio, estamos escuchando más que una buena noticia humana, estamos escuchando la Buena Noticia de parte de Dios a los pecadores. Esta Buena Noticia es la más grandiosa y consoladora para el hombre. No existe mensaje más alto y sublime que el Evangelio de Dios, ya que el Dios del Cielo y de la Tierra ha dado una Buena Noticia para nosotros los pecadores. Noticia que debe ser conocida, predicada y creída.

Por ende, el mensaje del Evangelio es sumamente importante. Tal mensaje debe ser proclamado y dado a conocer a toda criatura, porque antes de que sea una Buena Noticia para el pecador, primero es una mala noticia. Toda vez que primeramente nos enseña que somos pecadores rebeldes quienes se encuentran bajo la ira de Dios. Pecadores amantes de nosotros mismos más que de Dios. Pecadores que viven sólo para satisfacer sus propios deseos, corruptos de mente, alma y corazón. Así el Evangelio habla con sinceridad a los hombres de quiénes somos ante el Dios Santo y Justo.

Sin embargo, a pesar de toda esta ruina humana, Dios en Su infinita Misericordia, Gracia y Amor Soberano decretó y planeó salvar a los pecadores. Y el medio que implementó es extremadamente glorioso y maravilloso, la forma en que Dios ha redimido al hombre de la condenación es a través de la Persona y Obra de Su Hijo, Jesucristo.

El Evangelio es el mensaje más grande jamás contando en la historia de la humanidad. La Escritura le da varios títulos para enfatizar la excelencia del mismo:

1.- El Evangelio de Jesucristo, Hijo de Dios (Marcos 1:1).
2.- El Evangelio de la Paz por medio de Jesucristo (Efesios 6:15; Hechos 10:36).
3.- El Evangelio del Reino de Dios (Marcos 1:14).
4.- El Evangelio de Dios (Romanos 1:1).
5.- El Glorioso Evangelio del Dios Bendito (1 Tim. 1:11).
6.- El Evangelio de Cristo (Romanos 15:19, ect).
7.- El Evangelio de la Gloria de Cristo (2 Cor. 4:4).
8.- El Evangelio de la Gracia de Dios (Hechos 20:24).
9.- El Evangelio de Su Hijo (Romanos 1:9).
10.- El Evangelio de vuestra Salvación (Efesios 1:13).
11.- El Evangelio de las inescrutables riquezas de Cristo (Efesios 3:8).

Dios a través de estos títulos nos quiere dejar en claro la grandeza, excelencia y lo sublime que es el Evangelio, pues este Evangelio es el propio mensaje de Dios. El Evangelio es de Dios y para la gloria de Dios. Ya que en este mensaje sublime conocemos a Dios el Hijo quien se dio como el Salvador de los pecadores. Por lo tanto, el mensaje del Evangelio es que Dios el Padre nos dio a Su Hijo Amado para nuestra Salvación.

Para finalizar, tenemos que hacer la pregunta cúspide del porqué debemos Evangelizar:
¿Cuál es el fin o propósito último del Evangelismo?

El fin último del Evangelismo es que Dios atraiga a Su pueblo a través de la predicación del Evangelio para que Su pueblo sea Salvado de la condenación y del Día de la ira, para que así herede las promesas de la gracia y agradezca a Dios por tan grande amor y benevolencia. Por ello, esta Salvación tiene como fin último el que Dios sea glorificado a través de los redimidos que exaltarán, adorarán y glorificarán a Dios por tan grande Obra Salvadora en Jesucristo. Así, el fin último es cumplido, Dios es glorificado mediante las acciones de gracias del pueblo redimido.

El Evangelismo al proclamar el Evangelio, llama a los pecadores al más grande gozo y comunión con el Dios Trino para contemplar la grandeza de Su gloria por toda la eternidad.

— J. Alfredo Covarrubias